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 No debo mirarle, es la primera vez que puedo sentir el fuego de sus ojos quemando mi rostro desnudo, pero no debo. En cualquier momento, mi padre podía entrar en la habitación del pecado y ver a su mejor amigo fotografiando a su dulce e inocente hija ante la exhibición de la naturaleza. Horas antes, estábamos cenando con los invitados, mi madre me había preparado aquel vestido que tiempo atrás pedí que me hiciera, estaba tan bonita con él..., me perfumé el cuerpo entero de azahar, suavemente mientras me acariciaba la piel, no sabía por qué tanto interés, tanta delicadeza y dedicación estaba derrochando sobre mí, pero tenía una sensación extraña, siempre había soñado con él, aquel hombre misterioso que me desataba te todas mis represiones, huyendo con él hacia un destino innombrable, fuera de mi hogar, de mi vida. Mientras peinaba mis cabellos, sonreí ante el espejo: - Hoy vendrá, estoy segura - dije. Estaba nerviosa mientras colocaba la cubertería fina sobre la mesa, y mi mente se nubló imaginando su presencia inesperada, no quería, pero lo deseaba, tenía miedo pero esa inquietud provocaba en mí un delirio de sensualidad en mis gestos. Llegaron los invitados, entre la muchedumbre pude ver su rostro, era él. Mi corazón estalló sobre aquella atmósfera pesada y huí hacía la cocina temiendo que todos oyeran mis latidos acelerados. No quise preocupar a mis padres con mi reacción y debía ser educada y cordial y sobre todo, debía estar presente en aquella cena tan importante para mi padre, así que después de varios intentos de relajación luchando contra mis suspiros, me dispuse a cenar con todos, no quería hablar, no quería decir nada para así no delatarme. Me mantuve durante toda la cena en silencio, mientras se oían murmullos y risas. Mi padre le encantaba recordar viejos tiempos hablando de política, de trabajo y sobre todo de experiencias con sus invitados. El ambiente entre ellos era agradable, pero el mío era violento, no podía evitar mirar su reflejo en la copa, intentar apartar la vista hacía algún punto, pero esa cárcel, ese salón inmenso me exprimía, me asfixiaba conduciendo toda mis miradas hacia sus ojos. Él me sonreía, su expresión derramaba confianza y seguridad y yo intentaba evitarle, temía que se abalanzara sobre mí y me devorara allí mismo, que yo no fuese suficiente para él y que tuviera que devorar a todas las personas allí situadas. No recuerdo como se llamaba, era extranjero, mi padre lo conoció una noche en una taberna de la ciudad, siempre que lo describía le costaba expresarse: - Es callado pero muy inteligente, vino aquí a Londres hace un par de meses, cuando le conocí, fui yo el que se acercó a su mesa, ya que el bebía vino en un rincón de la taberna alejado y solo, y cuando oí su acento extranjero me despertó la curiosidad. Habla sólo lo preciso, pero todo lo que dice es maravilloso, ha viajado mucho y sus conocimientos de la vida son increíbles, demasiados para ser tan joven. Llevaba consigo un álbum de fotografías de mujeres, según él, eran sus almas, solo dijo eso cuando le pregunté lo cual me pareció una bella respuesta de un fotógrafo - nos decía. Durante la cena, nuestro misterioso invitado habló de distintas culturas que había tenido el placer de conocer, de paisajes nocturnos por todas los lugares que había visto, de su belleza y su naturaleza. Pero mientras hablaba, cruzaba su mirada con la mía, y seguía observándome, mis hombros, mi cuello, mis pechos, mis manos...; en una ocasión, mientras me observaba detalladamente, su boca se entreabrió dejándose ver su dentadura mientras su lengua suavemente se deslizaba sobre aquellos colmillos tan extraños, tan afilados, lo cual me ruborizó. Al finalizar la cena, se fueron todo hacía el jardín para tomar té, yo me dirigí hacía mi habitación, quería desaparecer por mi sentimiento de culpa, por mi deseo y mi lascivia, no era digno de una niña bien educada, me sentía una pecadora. Mientras anduve por los anchos pasillos, cuyas ventanas a su extremo dejaban adentrarse la brisa haciéndola danzar con mi cabello oscuro, alguien me agarró por detrás estrellándome entre sus brazos, mientras con sus uñas inclinaba delicadamente mi barbilla dejándose mostrar mi cuello. Notaba su respiración agitada sobre él, yo me asusté pero me mantenía inmóvil, me quede quieta, sabía que era él, temía a ese ser pero el deseo era aún mayor. Notaba como contenía sus impulsos, unos impulsos de otra naturaleza que expulsaba horror y sensualidad. Acercó sus labios a mi oído: - Esta noche he venido para robarte el alma - me susurró. En ese instante, me giró y pude ver sus ojos hambrientos y sus labios enrojecidos, me acarició el cabello mientras sonreía y me besó. Fue "el beso" mi caída hacia un mar de pasiones que desgastan la piel, su calor emitía viveza, su lengua era suave, su sabor dulce embriagaba mi interior. Separó sus labios de los míos, yo expiraba febrilmente pero mi cuerpo estaba casi adormecido por una extraña sensación de placer. Comenzó a lamerme el cuello lentamente con su lengua mientras me agarraba entre sus brazos y de repente sentí algo punzante que se clavaba con mi piel, pero era lento y suave por lo que su dolor se compensaba con el calor y el éxtasis que me penetraba. Note como un líquido cálido resbalaba por mi piel y como él lo iba recogiendo con su lengua para bebérsela. Pensé por un instante que sería mi sangre que se derramaba tras aquellas mordeduras pero de todas formas no me importaba, mi cuerpo respondía con sudor caliente y mis extremidades se sentían agotadas. Poco a poco empecé a dormirme, mi vista se oscureció, mis oídos se callaron y solo podía sentir mis latidos. Cuando he despertado me encontrado aquí, me siento confusa pero creo que estamos en una habitación del ala Este, lo se por su paisaje tras la ventana. La habitación está vacía, solo estoy yo sentada sobre un paño de tela que cubre una mesa pequeña. Sobre mí brazo derecho cae una tela suave que desconozco tapándome el pubis, introduciéndose entre mis piernas. Yo no debo mirarle, no sé que esta ocurriendo pero mis nervios hace que me incorpore dejándome tensa y cruzo mis piernas rápidamente al notar aquella tela entre mis zonas vírgenes de deseo, para no dejarla marchar. Ruborizada por mi desnudez comienzo a tocar mi alrededor, a centrarme en aquel mantel que colocado a mi lado, en su textura, en su color, para así evitar mirar aquellos ojos hambrientos. De repente escucho su voz grave pero sensual dirigiéndose a mí: - me encanta quietecita así, no te muevas, solo una cosa te pido - me dijo. No quise responder con palabras, solo quería estar en silencio y mirarle a los ojos mientras me pedía su único deseo. - Roza con tus dedos la parte derecha de tu cuello- Me pidió. Lentamente comienzo a acariciármelos, está hinchado, dolorido, y siento con mis dedos dos huecos diminutos ensangrentados a su alrededor. Dios¡¡ ¿Qué ha ocurrido?, no quiero mirarle, no debo. Priscila Liñán Jiménez.  Amanecer entre las calles, el camino hacia el mismo lugar cada vez se hacía mas infinito, era un día común, era un día rutinario... era. Cuando llegué a aquel paraje, el olor a motores deslucidos y grasas viriles provocaba rebeldía en mi interior. Nada había cambiado, las mismas personas, las mismas oficinas, los mismos saludos, los mismos materiales, pero yo podía ver mi instinto carnal entre ellos, un ardor lujurioso y reprimido que vagaba de forma fantasmal entre los muros de aquel taller. Entre los pasillos sonoros de chismes y teclas me encontraba, rodeada de perfume blanco y cristalino, lejía aclarada y fregonas usadas. La sala de espera se hacia interminable, nada quedaba limpio y la suciedad aumentaba a la vez que lo eliminaba, allí mirando hacia el suelo en silencio, febril e inquieta. De repente una niebla densa y calurosa se colaba por debajo de aquella puerta cerrada, el límite de lo prohibido, la puerta de la perversión. No podía respirar y me frotaba la piel sudorosa débilmente, la niebla me arrastraba hacia la puerta, la visibilidad se hacia cada vez más defectuosa y entré aterrizando en un mundo extraño, un lugar que no había percibido nunca pero que me resultaba familiar. Los antiguos baños allí situados eran distintos, el suelo era de mármol y el mobiliario de un color vino intenso, había espejos por todas partes y se adentraba una brisa de rosas primaverales. Notaba como las rosas me invadían dentro y desprendía un olor suave y sensual. Algo me había poseído, un especie de hechizo libidinoso; salí de aquel lugar y caminé lentamente hacia delante entre el pasillo estrecho cubierto de piezas mecánicas, dejando alrededor huellas perfumadas. Allí estaba él, mirando papeles silencioso y concentrado apoyado sobre la alargada mesa de recepción. Me deslicé hacia él lentamente quedando al frente de sus ojos oceánicos, su mirada se clavó en mí sorprendido y extrañado por mi rostro lascivo. Mientras nos mirábamos coloqué mi mano derecha en la mesa y empecé a rozarla suavemente con la yema de los dedos mientras caminaba en dirección a mi hogar, aquel mundo extraño, aquel baño pecaminoso. Mientras lo hacía, cerraba los ojos e impulsé mi cabeza hacia atrás de forma sensual , dejando caer mi cabello largo por la espalda. La niebla de rosas salía de mi interior hacía su piel, su olfato, sus ojos. El no dejaba de observarme pero su mirada esta vez era distinta, perversa, apasionada y deseosa. Cuando estaba en aquel insólito baño, oí un ruido detrás de mí, me volví apresuradamente sabiendo quien era. Era él, no decía nada sólo me miró en silencio durante unos segundos; tras éstos rompió la insonoridad sujetando mis brazos fuertemente y empujándome contra la pared. Mi rostro se inundó de deseo mientras su alma salvaje se apoderaba de mí. Mis brazos estaban sujetados hacia arriba, mientras con la mano derecha apretaba mi pecho endurecido. Sus labios acariciaban mi cuello mientras sus dientes resbalaban sobre la piel ascendiendo hasta mis labios mientras le provocaba con movimientos lúbricos. Mi vestido antes blanco, se transformó en un color rojo intenso de forma sobrenatural, y se resbalaba entre el cardo de la pasión, dejándome húmeda y sedienta. Con los ojos cerrados y el pelo sobre mi cara me dejaba tocar mientras me mordía el labio; él agarró fuertemente el vestido a la altura de los hombros y lo desgarró dejando entrever uno de mis pechos, le empujé hacia atrás separándolo de mí, y él se quedo quieto observándome. De mi rostro salió una sonrisa maliciosa y empecé a acariciarme el cuello, bajando lentamente hacia el pecho, rodeando los pezones con la yema de los dedos, seguí hacia abajo apretando en vestido mientras mis caderas se pronunciaban hasta la zona púbica. El olor a rosas se desprendió como un manantial de pasión por toda la zona penetrando en las personas que allí, en aquel paraje se encontraban; era una conexión traída del infierno, un virus de perversión que agonizaba a todo ser vivo que se hallaba alrededor de mí. En otras zonas del taller, la gente parecían diablos movidos por hilos de deseo, se aglutinaban entre ellos, se miraban, se tocaban, experimentando el cuerpo, la carne, la sangre caliente, guiados por ese extraño olor primaveral. La niebla cada vez se hacía más densa y el tacto más necesario, hasta provocar el éxtasis, cuerpos desconocidos adoptando una forma innata de placer, eran animales, lobos hambrientos acechando a la presa, una orgía sangrienta liberada para saciar toda represión contenida en ellos por una vida rutinaria; se observaban ellos mismos, sus cabellos se extendían, y sus cuerpos se transformaban en seres tenebrosos emitiendo aullidos entre sangre, mordiscos y sexo. Él cada vez más invadido por el ansia se dirigió hacia mí, me cogió en brazos y me sentó sobre el lavabo, yo luchaba contra algo que me poseía, sentía un impulso agresivo que me asfixiaba, mis colmillos estaban afilados y mi piel enrojecida, deseaba saborear su ser, su sangre, su piel, su olor. Mis uñas se endurecieron y las caricias se convertían en arañazos suaves y profundos. Me abrió las piernas lentamente, y me penetró, estaba dentro de mí, podía sentir su corazón, su alma mortal. Me incliné hacía él, y empecé a beber de su pecho la sangre derramada, era dulce y caliente, los movimientos eran mas intensos y alarmantes, el calor vaporizó aquella habitación y casi era imposible la visibilidad, no hacía falta ver solo sentir, deseaba absorberle, alimentarme de él, me agarró del cabello mientras yo permanecía con los ojos cerrados, empecé a gritar, a aullar, a gemir; el me besaba los pechos, nuestras piernas chorreaban gotas de excitación, vi su cuello caliente, de piel fina y débil y mi lengua la rozaba suavemente saboreando su ardor, mis colmillos chocaron con su piel y apreté sutilmente, el gimió bruscamente al llegar al éxtasis delirante y abestiado, yo abrí los ojos mientras le lamía y pude ver que a nuestro alrededor había centenares de lobos oscuros hambrientos observándome, yo sonreía derramando un pequeño hilo de sangre entre mis labios y ellos empezaron a aullar, aquel extraño ritual, aquel acto de brujería libidinosa se transformó en una comilona masiva de pecado. Cerré de nuevo los ojos, él estaba abatido y débil, lo abracé y coloque su cabeza en mi pecho mientras le acariciaba el cabello, miré hacia la luna escondida y sonreí entre esa bella melodía nocturna. Cuando abrí de nuevo los ojos, me encontraba en otro lugar, el punto de partida, perdí la noción del espacio y del tiempo, ¿dónde estoy?, observé a mi alrededor confundida y pude ver que el baño ya había perdido su transformación, que el olor a rosas se había convertido en un posesivo bálsamo de lejía y jabón; el bello cántico de los lobos habían sido absorbidos por voces humanas, estaba sentada en el suelo, me sentía cansada y tenía frío, me di cuenta de que todo había sido una alucinación o una fantasía que profundizó en las raíces de mi conciencia. Me levanté asustada, corrí hacía el pasillo y pude verle a él apoyado en la mesa de recepción trabajando, me di la vuelta y me dirigí hacia las oficinas, las bestias hambrientas ahora eran humanos estresados y vacíos. Me quise marchar de allí, huir de aquel mundo previsible, así que en silencio guarde los materiales de nuevo mientras mi mente navegaba entre recuerdos y melancolía. Pretendía salir de allí por la puerta de recepción para verle de nuevo a él y poder guardar sus bellos ojos; anduve despacio entre los pasillos mirando hacia el suelo avergonzada y temerosa, cuando iba a salir, me paré frente a él, le dije adiós, él me miro fijamente durante unos pocos segundos, nunca lo había hecho de aquella forma y me pareció extraño, sonrió y dijo: llévate a tu amigo contigo. Yo no sabía que significado tenía aquella frase y me quedé en blanco, señaló con su mirada penetrante hacia mi derecha. Cuando me volví impulsivamente vi a un lobo negro, calmado, dócil, tranquilo pero con ojos salvajes e infernales mirándome. Priscila Liñán Jiménez
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